PARA MERECER LA LLUVIA Antonio J.Caballero ( Poesía ) Crítica Literaria de Juan M. Navarro Alfaro
El Verso Compartido
Juan Manuel Navarro Alfaro
Abrir las páginas de "Para merecer la lluvia" no es, para mí, un mero ejercicio de lectura o de análisis literario. Es descorrer las cortinas del tiempo, abrir las ventanas de un viejo hostal y dejar que el humo denso de los años noventa vuelva a inundar las estancias de la memoria. Hay libros que se leen con los ojos; este se lee con el peso exacto de una vida compartida entre las paredes de una misma habitación, allí donde dos almas jóvenes unieron sus destinos al compás indómito de la poesía y de las canciones de Aute, Serrat y Sabina.Éramos días de intemperie y bolsillos flacos, pero de una opulencia espiritual absoluta. La falta de medios económicos nos obligó a encuadernar nuestros sueños bajo una misma cubierta, sellando un pacto invisible que el tiempo jamás osaría romper. En aquel volumen compartido, mi juventud se desangraba rítmicamente en La nostalgia del blues, mientras que la voz de Antonio ya apuntaba a la inmensidad lírica a través de La esperanza que me da el miedo. Él ya era el gran poeta que hoy el mundo descubre: un hombre de una profundidad colosal, el único compañero con quien se podía habitar el abismo del folio en blanco.
La vida, implacable en su curso, nos terminó empujando por senderos aparentemente distintos. Él se volcó en la docencia como profesor, moldeando mentes a través de la palabra; yo me entregué al mundo de la hosteleria y más tarde al de la sanidad pero sin salirme jamás de los márgenes sagrados de la literatura, llevando los versos a cualquier rincón donde alguien estuviera dispuesto a escuchar. Dos profesiones que, en el fondo, nacen del mismo lugar: el cuidado del otro y la necesidad de dar cobijo al desamparo.«Vivimos amores de juventud, desamores, aciertos y errores; noches canallas en donde las cervecillas en Granada nos hacían hablar y soñar con un futuro lleno de proyectos y de ilusiones».
Nuestra amistad fue —y sigue siendo— un territorio habitado por la magia. Horas infinitas de conversaciones hondas, madrugadas con la guitarra entre las manos y el pulso firme de un juramento implícito. Entre el humo de aquellas noches granadinas nació un verso suspendido en el aire, una línea compartida que nunca ha dejado de escribirse a pesar de la distancia o del silencio.
Hoy, al recorrer los nuevos poemas de Antonio, escucho el eco del brasero de picón, veo las astillas del olvido y reconozco al hombre que siempre supo que la escritura era una herencia sagrada. Y me reconforta saber que ese verso antiguo, custodiado por los dos, sigue latiendo con fuerza. Tal vez un día, cuando el tiempo apriete el silencio, alguno de nosotros dos pueda utilizarlo para terminar, por fin, el poema más hermoso del mundo.
Y mil veces que naciera
serías mi hermano, el verso,
la lumbre del hostal viejo
y la lluvia que aún espera.
PARA MERECER LA LLUVIA
El acierto más rotundo de esta sección del libro es su andamiaje temporal. Al titular los poemas como Día Primero, Día Segundo, hasta llegar a una Canción a día de hoy, el autor subvierte el mito fundacional de la creación del mundo.
Mientras que en el Génesis cada día trae orden y vida ("Y dijo Dios: «¡Que haya luz!». Y hubo luz"), en el universo de Caballero cada día que avanza consolida la pérdida. La luz del primer día no trae orden, sino que hiere porque "toca sentarse solo en la mañana nueva". El tiempo avanza cronológicamente, pero el alma retrocede hacia el vacío.
El poemario teje su red lírica a través de varios símbolos perfectamente hilvanados:
La infancia y la caligrafía como refugio: Existe una obsesión conmovedora por el origen. La escritura se presenta como el cordón umbilical que une al poeta con su padre ("el hombre que me donó la escritura", "la niñez de mi caligrafía"). El padre no solo dio la vida biológica, sino la vida intelectual y poética.
La domesticidad rota: El dolor no se busca en abstracciones metafísicas complejas, sino en los objetos cotidianos que han quedado huérfanos: la mesa camilla, las corbatas que ahora son un nudo, los libros que brillan con paz o el brasero de picón. Esta herencia de la poesía del día a día (con ecos de la tradición de postguerra española) humaniza el poema y desarma al lector.
La lluvia y la nieve: El agua, en su estado líquido y helado, cruza los poemas. La nieve es el lienzo de la infancia donde se escribe el nombre; las lágrimas se transforman en "diminutas tejas de nieve por mis mejillas". La lluvia, lejos de ser un cliché de tristeza, es el elemento vital necesario, el agua que limpia y que se extraña
El tono de Antonio Caballero es contenido, grave y profundamente respetuoso con el dolor. Evita el grito desgarrado y opta por una elegía del susurro.
Se percibe un diálogo intertextual riquísimo con grandes voces de la literatura universal que preparan al lector para la atmósfera de cada poema:
La mención a Vallejo introduce la orfandad humana y el golpe seco del destino ("Ha venido a mi casa un golpe fuerte").
La cita de Dylan Thomas ("No entres dócilmente en esa buena noche") activa la actitud ante la muerte: el dolor profundo en el tajo, la resistencia del recuerdo ante la desaparición.
Su métrica y ritmo son libres pero musicales, apoyados en imágenes de una fuerza lírica arrolladora como "suceden cada día las astillas de la muerte" o "un labio aprieta otro labio", que sintetizan perfectamente la tensión del silencio impuesto por la muerte.
Para merecer la lluvia parece ser un libro imprescindible para entender el duelo contemporáneo en la poesía hispana. Antonio Caballero consigue lo que solo los buenos poetas logran: transformar una experiencia estrictamente privada y devastadora (la pérdida de un padre, el vacío de los "diez noviembres") en un espejo universal donde cualquiera que haya amado y perdido puede mirarse.
Es una poesía herida, pero que no claudica ante el olvido; un libro donde la palabra, efectivamente, entona el duelo con una dignidad apabullante.

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